CIAO

EDITORIAL Depende de ti tu horizonte

Los adioses son nuevos saludos. En italiano se dice ciao para saludar y despedirse. En Cali, ciudad donde crecí, decimos chao sólo para despedirnos. Un ‘adiós’, un ‘hasta pronto’ y un ‘hasta luego’ tienen todos sus tonos, sus matices y subtextos.
Cuando un ser amado te dice ‘adiós’, da la sensación de una despedida final, es dramático y angustiante y crea un sentimiento fatídico.
Un ‘hasta pronto’ se siente como una despedida de plazo indefinido pero que contiene el deseo de volver a verse lo antes posible.
Un ‘hasta luego’, en cambio, suena a como si ese ‘luego’ se deseara que jamás llegara. Y ni hablar del ‘hasta nunca’, que es cercano a una herida física, pues se hace tangible y palpable el tiempo infinito enfrascado en el jamás embutido de golpe como un remedio amargo.
En cambio el chao tiene el tinte de ‘te veo pronto’. Además dice que existe el deseo de reencontrarse cuanto antes. El ‘chao’ es cálido, como una caricia, como una mirada amable.
Además, el ‘chao’ es primo del ciao, y por eso da la impresión de saludo más que despedida.
El chao se usa con los amigos, con la familia y con la pareja. El chao es una señal de armonía y paz.
Así, ciao a la noche y ciao al día. Cuando uno se despide, saluda otro instante: de estar acompañado a estar sólo; de estar en un lugar para estar en otro; de mi corazón se va conmigo pero aquí se queda contigo.
Adiós al dolor y hasta luego al fracaso y hasta nunca a darse por vencido. Chao al amor, los hijos y los amigos. La madrugada invita a despedirse de la noche. El jazmín nocturno florece con la luna. El arcoiris despide a la lluvia saludando al sol.
Hay despedidas necesarias para el bienestar y saludos infranqueables que provocan malestar. Pero las emociones no nos controlan a menos que nosotros lo permitamos. Las emociones florecen en nosotros, nosotros no somos la flor de la emoción.
Luego, con el tiempo, a pesar de haberse despedido físicamente de alguien, queda el recuerdo. Si el recuerdo es negativo, queda el sinsabor de tener a esa persona en la memoria. Cuando se comparten hijos, los pequeños activan aquella memoria. Por eso perdonar es tan necesario para poder despedirse a cabalidad de aquellos que nos han hecho daño en la vida, bien sea a propósito o por torpeza.
Perdonar es una forma de decirle adiós al dolor, es un vehículo de despedida contra el sufrimiento. Es la forma para salir del estancamiento que provoca la ignominia, el despecho y la amargura.
Olvidar, en cambio, se debate entre soltar para siempre o mantener presente para evitarlo de ahí en adelante. Al final, como el dicho perdono pero nunca olvido, es la semilla del rencor, pues nunca olvidar, es aferrarse al dolor en vez de enfocarse en liberarse de aquel fastidio que arruga el corazón y la tripa.
Aferrarse a la rabia y al sufrimiento puede provocar depresión y cáncer, pues las células están activas desde el cortisol, y el estrés mata.
Me hace pensar en el prisionero que encanece durante la noche previa a su sentencia de muerte. Similar a la madre que encanece cuando se encuentra de repente con un hijo muerto.
El dolor emocional se somatiza en dolor físico. Por eso la angustia paraliza, el estrés estriñe, la ansiedad acelera el ritmo cardíaco y la depresión debilita las piernas.
Por eso al dolor hay que despedirlo, prenderle una velita y desearle buen viento lejos de las entrañas, lejos del espíritu, lejos del alma que gime y se sacude a gritos.
Porque un dolor guardado es una enfermedad en potencia, es una herida infectada con amenaza de gangrena: al dolor no se le puede dar casa, porque ahí se queda para siempre sin pagar renta.

Hasta nunca al dolor,
ciao al amor.
Si pudiéramos despedir la guerra y dar bienvenida a la paz;
Si supiéramos espantar las penas y abrazar las sonrisas;
Si quisiéramos ahuyentar la vil condena y acoger la gracia divina;
Sería porque tenemos el valor de decir ciao y jamás ‘hasta nunca’.

Cuando no se puede, forzarlo puede llevar al quiebre. Es necesario ser como el agua, que cuando se vierte encuentra su camino, cuando se hierve se evapora, y cuando se congela se preserva.
Y cuidarse de las emociones que son como el fuego: calientan pero también queman y petrifican.
Ser ligero como el aire para moverse al compás del viento, ser tierra para las raíces y vivir el presente a cada momento.
¡Qué viva América, carajo!