Hay momentos en la vida en la que uno piensa que está haciendo todo bien. Cuando de repente se abre un dique y te inunda con dudas, preguntas, situaciones y perspectivas que te hacen cuestionarlo todo.
Y duele. Duele en el alma. Y siente uno que se ahoga pues no comprende todo aquello que está sucediendo.
Se siente uno en el vacío, en la nada, flotando a la merced de la corriente. Todo lo que creía firme se desvanece y se vuelve una melaza, un miasma que te hunde y te hace cuestionar todo en tu existencia.
Pero los días no paran. La implacabilidad del tiempo continúa. Kronos te recuerda que jamás se detendrá por más que a ti te gustara congelar el último segundo donde todo era como era pero ya no es…
Los hijos crecen. Las relaciones se terminan. Los padres perecen. Las amistades se difuminan. Los recuerdos se vuelven nostalgia. El futuro pinta incierto. El presente es una vaiveneo entre el ayer y el mañana y se va desapareciendo el presente. Pero la gente que te ama se acerca. Te agarra del hombro y te dice que todo va a estar bien. Y uno escucha sus voces como un eco en la distancia que resuena con las voces de aquellos que anhelarías permanecieran para siempre a tu lado. Poder ver a los niños crecer cada segundo posible. Ver como se estiran sin darse cuenta porque estás acostumbrado a verlos a diario. Y luego ya no. Luego ya sólo ves cómo cambian de sopetón. como aquello que recordabas ya no es como era. Y de repente las canas comienzan a esparcirse por la cabeza. Primero una, luego dos, luego diez…
Duele. Pero sana. Sana sobre todo si al final del día es lo mejor para uno y para todos. Comienza uno a darse cuenta de realidades que obviaba, que ignoraba quizá a propósito, que hasta se negaba. Se da cuenta que luchaba contra la corriente, y que de repente ahora estás en la orilla y te das cuenta que ahí donde nadabas con tanto ahínco había un remolino que no te dejaba avanzar ni retroceder sino que te mantenía estático como una bicicleta de spinning o una caminadora.
Comienzan entonces a surgir personas inesperadas y te comienzan a dar aliento, te comienzan a proveer ciertas perspectivas a las que antes estabas ciego. Comienza una claridad inesperada, anhelada, buscada, añorada, necesaria. Y entonces sientes como que vuelves a nacer. Te das cuenta que eres como el ave fénix y que jamás estarás muerto. Que eres eterno, infinito, que vives en el recuerdo, en las ideas, en las emociones de los demás. Que eres ya una parte de la fibra de la comunidad. Y entonces te das cuenta que no estás solo. Que hay muchas más personas respaldándote de lo que jamás hubieras concebido. Gente que cree en ti. Gente que te apoya. Que te ayuda a sacarte adelante. Que te saca de ese fango pútrido en el que estás boca abajo sin moverte. Gente hermosa que te impulsa, que te inspira, que te hace sentir más vivo que nunca. Gente que te quiere y te ama y hasta te admira.
Entonces comienza uno a sentir el poder que uno contiene. Ese aspecto divino heredado de Dios que nos hace creadores, que nos hace perseverar a pesar de la dificultad. Y ya el silencio no es lo que domina. El malgenio ya no está dominando el día. La tensión se disipa y por fin se puede volver a respirar.
Hondo. Y se sumerge uno en el mar de las nuevas oportunidades, de las nuevas opciones de las nuevas posibilidades.
Y te comienzas a dar cuenta que eres capaz de mucho más de lo que creías, que eres más tenaz de lo que soñabas. Y surge una gran reflexión: para ser parte del 1%, hay que estar dispuesto a hacer lo que el 99% no está dispuesto.
Y se comienza a dar el 150%.
Y comienza una fuerza digna de Atlas y levantas el mundo de pesadumbre que te aplastaba y lo arrojas a las fauces del volcán para nunca más cargar con ello. Y te sientes liviano. Sientes que flotas, que eres aire, que eres parte del viento. Que el oro está en tus manos y los diamantes en tu sonrisa. Ves más allá de tu nariz y te das cuenta del grandioso horizonte que se abre ante ti. Te das cuenta que tu semilla es próspera y que tienes la bendición de Dios y el universo por el simple hecho de estar vivo, activo y despierto.
Se te abre la mente y te das cuenta que tus problemas son nimios comparados a los niños de Gaza e Israel. Que tus dificultades son nada comparado con las familias que lo perdieron todo en las inundaciones de Texas durante el 4 de Julio. Te das cuenta que tu vida es fácil comparada con la de los ucranianos que huyen de los misiles rusos. Comienzas a ver que estás en la tierra prometida, gracias al esfuerzo de tus padres y al esfuerzo propio. Te das cuenta de todo lo que te apoyaron quienes menos esperabas. Agradeces por todo lo que ha pasado. Por todo lo que pasó. Y abrazas tu nuevo presente. No queda de otra. Pero no es resignación. Es aceptación. Duele cuando el amor se marchita, sobre todo porque por más que intentes revivirlo, simplemente es como una flor que se seca y ya no hay agua ni vitamina ni mineral que lo reviva. Y lo que toca es agradecer por haber sido parte de tu vida, de haberla embellecido por tanto tiempo y decir adiós.
Toca pa’lante que pa’trás asustan. Gung Ho. Fluir y ser como el agua que se adapta al recipiente. El dolor es pasajero, pero la memoria es indeleble. Y perdonar, porque el rencor es un cáncer que pudre.
¡Qué viva América!















